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El oficio de ¡SER PADRES!

Quizá el oficio más antiguo parece también haber cambiado. Nuestros padres estaban más seguros de sí mismos y, para bien o para mal, nos impactaban más.

En la actualidad, los padres aman a sus hijos como los han amado siempre, ¿pero ese amor logra comunicación? ¿Acaso nuestra capacidad de transmitir ha disminuido?
La brecha generacional entre niños y adultos a menudo parece irreparable. Nos esforzamos por conformarnos con la imagen que teníamos de lo que debían ser los padres y, al no lograr resultados, le rogamos a nuestros hijos, los halagamos, los sobornamos o los recompensamos; nos sorprendemos dirigiéndonos a ellos en tonos rudos o extraños a nuestra manera de ser. Les mostramos menos amor justo cuando deberíamos avivar el amor incondicional por ellos.
Experimentamos el sentirnos lastimados y rechazados como padres, fracasados, o culpamos a los chicos de necios o a la televisión, videojuegos, celulares o computadora por distraerlos; incluso criticamos al sistema escolar por no ser lo suficientemente estricto con ellos.
Debemos de estar convencidos de que los padres tienen más influencia sobre la personalidad de los hijos de la que tienen en realidad. Los niños y jóvenes actualmente han perdido sus “amarras”, su ancla, ya que predomina el aprendizaje lateral, no el vertical, como sería lo natural; es decir, ahora aprenden niños con niños, cuando lo correcto sería de niño a adulto. Los padres y otras personas adultas deben ser los mentores naturales de los niños y jóvenes, papel que en teoría se facilita si pensamos que ahora se conoce más acerca del desarrollo humano y que hay más acceso a cursos y libros sobre el tema.

¿Qué ha faltado entonces?

El problema es el contexto. Para que la educación parental sea efectiva se requiere de un contexto sano, funcional e interactivo. Los niños tienen que ser receptivos si queremos educarlos, cuidarlos y dirigirlos. Ellos no conceden automáticamente la autoridad de educarlos solo porque somos adultos o porque les decimos que los amamos, o porque decidimos lo que es bueno para ellos. Lo que es necesario en el oficio de ser padres, en esa relación especial, es precisamente el vínculo. Tener y mantener un vínculo activo entre padres e hijos será la mitad del camino recorrido, para que con el tiempo se convierta en cercanía emocional. Solo una relación de vinculación puede proporcionar el contexto apropiado para la crianza y dicha vinculación necesita durar el tiempo que el niño requiera.
Ser padres va más allá de cubrir necesidades materiales, es una decisión consciente y plena sobre las responsabilidades que esto implica, dotada de amor, respeto, aceptación, acompañamiento y valores. Sin embargo, lo que ha cambiado es la cultura, el entorno y las prioridades de los padres al momento de la crianza de los hijos. Estamos los adultos siempre contra reloj, lo cotidiano del día nos deja poca cantidad y calidad de tiempo con ellos, tenemos que asumir más nuestra responsabilidad con los niños, a pesar del cansancio, ganas o compromisos sociales que tengamos, ya que lo que no aprendan con sus padres, lo aprenderán de terceros, llámese: amigos, internet o ayudantes del hogar. Por lo tanto, la calidad de tiempo y del vínculo son determinantes en su desarrollo.
Para definir el vínculo que tanto menciono desde una perspectiva psicoanalítica, según Lartingue y Vives (1990), el vínculo tiene fundamento biológico en la conducta del apego, distinguiéndose uno del otro. El apego se refiere a una conducta correspondientemente hereditaria, al servicio de la supervivencia, mientras que el vínculo es un concepto referido a la liga humana con el objeto y elemento simbólico (madre-feto). Es decir, el vínculo va más allá de la mera relación de parentesco, los vínculos afectivos son una expresión de unión entre personas, una liga irrepetible e imprescindible en todas las etapas del ser humano para fortalecer, suavizar y equilibrar su vida.
Es importante saber que el primer vínculo afectivo, el más especial y el que marca para toda la vida, es el del niño con sus padres y/o adultos más cercanos, ya que influye en su conducta, actitudes y pensamientos a lo largo de su vida; así que los vínculos afectivos y las figuras de apego son necesarias y les ayuda a crecer emocionalmente sanos. La importancia de la vinculación con los hijos permite calidad en sus relaciones, ya que notaremos en ellos inteligencia, rendimiento académico, comportamiento social sano, adaptación, autoestima, seguridad, capacidad de solución de conflictos, tolerancia a la frustración y calidad en una futura relación de pareja.

¿Será entonces importante
el vínculo?
¿Tienes en casa un ambiente
de vínculos sanos?
¿Mantienes vínculos cercanos
con tus hijos…? ¿Seguro?

¡Gracias!

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